Casi veinte años de trayectoria profesional como redactora freelance dan para mucho. Normalmente todos tus encargos, aunque tengan la más variada temática, se parecen unos a otros. ¿Me puedes hacer el texto de esta web? ¿Podrías escribirme un reportaje sobre tal destino? Quiero desarrollar un catálogo corporativo. Habría que cubrir una rueda de prensa. Necesito un copywriter, un corrector…

Sin embargo, hay veces que de repente surge un encargo que te sorprende, te descoloca o te divierte. Os voy a contar algunos de los más raros, extravagantes, divertidos y curiosos que me han hecho. Casi todos los acepté. Otros los dejé pasar. Y algunos, aunque los hice, fui incapaz de cobrarlos.

 Una carta de amor

Un día me llegó un correo electrónico. El asunto era: “¿Puedes ayudarme?” y provenía de un cliente con el que había colaborado tiempo atrás como copywriter en la realización de folletos publicitarios para su negocio. Al ver su nombre, pensé que querría una actualización de su material corporativo, pero nada más lejos de la realidad.

Miguel -llamémosle así- estaba destrozado porque su novia de hacía cinco años le había abandonado, de un día para otro y sin aparente vuelta atrás. Y él estaba dispuesto a reconquistarla. Y ahí entraba yo y mi capacidad como redactora. Miguel pensó que él nunca podría escribirle una carta tan bonita como para hacer que su novia –en esos momentos ya ex novia- se planteara volver con él. Y se acordó de mí.

Le intenté hacer comprender que, por muy bien que estuviera escrita la carta, jamás podría llegar a tener ese grado de intimidad que solo los miembros de una pareja conocen. Pero me insistió: “No quiero que entres en detalles. Escribe algo genérico. Yo te digo lo que quiero expresar y tú lo desarrollas”.

Decidí ayudarle. Y juntos hicimos la carta. Él me iba diciendo lo que sentía y yo lo iba dando forma. Lo curioso de todo es que funcionó. A los dos meses estaban casados y un año después eran padres de un niño. Lo sé porque me sigue haciendo encargos periódicos, aunque esta vez referentes a su negocio. No sé si la carta influyó en algo, pero me gusta pensar que le eché una mano. Cuando me preguntó qué es lo que me debía, fui incapaz de cobrarle. Porque… ¿cuánto vale una carta de amor?

La felicitación de Navidad para los empleados

John -llamémosle así- era inglés y trabajaba en una multinacional, con sede en Bruselas y departamento en España. Su español era realmente bueno, pero a veces cometía esas pequeñas incorrecciones léxicas propias de los extranjeros que han aprendido castellano pero todavía no dominan del todo el idioma. Además de ser un excelente profesional, John era extremadamente detallista. El típico jefe que se preocupa por sus empleados. El que todo el mundo quisiera tener.

Además de encargarme el texto de su web y diverso material corporativo para entregar en las visitas a sus clientes, John hacía cada año una felicitación de Navidad para sus empleados. Le gustaba personalizarlas y hacerlas íntimas, bonitas y diferentes. Por eso, año tras año me encargaba que hiciera el texto. Las indicaciones eran mínimas pero siempre tenían que incluir un mensaje de esperanza ante el nuevo año y un cálido recuerdo para las familias de cada empleado.

A John su compañía le trasladó de nuevo a Reino Unido y no supe nada más de él. Me imagino que seguirá escribiendo felicitaciones de Navidad a sus empleados en Gran Bretaña, pero ya en un perfecto inglés.

Un libro sobre electricidad

A lo largo de mi trayectoria profesional me han encargado libros de distintas temáticas. En una ocasión, un partido político –no voy a decir nombres, pero de primera línea del panorama nacional– me encargó un libro sobre la biografía de sus dirigentes políticos más destacados. Sus pesos pesados. Cuando pedí documentación, y ante mi asombro, me pasaron los enlaces de la Wikipedia.

Pero no es de este libro del que quería hablar sino de aquel otro que me encargó una editorial de carácter divulgativo. Se trataba de un manual básico de electricidad, con problemas prácticos y sus posibles soluciones. Desde cómo cambiar una bombilla –en su versión más fácil–, hasta cómo iluminar un acuario, pasando por cómo montar todo el sistema de iluminación de una vivienda.

Yo soy una negada para solucionar los problemas domésticos y así se lo comuniqué a la editorial, pero no pareció importarles. “Hoy en día está todo en Internet”, me contestaron. Cierto que encontré información sobre todo lo que necesitaba pero la documentación me llevó más tiempo de lo esperado, por responsabilidad. ¡Me daba pavor pensar que iba a provocar un accidente doméstico entre los lectores! Un claro ejemplo de cómo los periodistas freelance somos todoterreno.

Descripción de videojuegos

Muchos redactores freelance rechazan hacer descripción de producto, cuando es uno de los terrenos con más proyección en estos momentos. En mi caso, no me importa para nada hacer este tipo de trabajo, y si la temática me gusta, hasta me llega a divertir.

Luis –llamémosle así–me hizo un encargo diferente a lo que había hecho anteriormente. El trabajo consistía en probar videojuegos y después escribir unas breves instrucciones y una pequeña crítica en un tono distendido, para un público objetivo adolescente.

Me pasé cerca de dos años jugando y escribiendo. Tengo buenos recuerdos de este trabajo y estaba a la última en el sector. ¡Mi hijo y sus amigos me pedían consejo!

Recetas, críticas gastronómicas y cliente misterioso

He tenido muchos encargos relacionados con el tema gastronómico a lo largo de mi trayectoria. He hecho recetas de cocina para blogs, comentarios sobre gastronomía para dinamizar páginas de Facebook, he realizado críticas de restaurantes –pagadas por los propios restaurantes para que aparecieran en páginas especializadas– y durante algún tiempo actué como cliente misterioso de restaurantes.

En este último trabajo mi labor consistía en ir de incógnito, probar la comida y después hacer un detallado informe sobre la misma que era presentado al dueño del restaurante, de ahí que se necesitara el trabajo de un redactor freelance. El trabajo era divertido y una excelente manera de conocer algunos de los mejores restaurantes a los que probablemente nunca hubiera acudido si no fuera por trabajo. Pero lo dejé porque me hizo engordar cinco kilos en seis meses. ¡No merecía la pena!

Y tú, ¿eres periodista freelance y te han hecho un encargo sorprendente? ¿Tienes para mí un trabajo fuera de lo común? ¡Cuéntamelo!

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